El abrazo del volcán

El abrazo del volcán

15 Junio , 2018 / Por: Belén Llerena

Vivir en un país de altura me hace percibir a las montañas como parte mía. Debo confesar que su presencia me llena de confianza. Al vivir en medio de dos cordilleras siento que las montañas me abrazan y no solo con su presencia sino con toda su historia. A propósito de ello cuentan los viejos relatos que cientos de años atrás una gran batalla tuvo lugar en nuestros valles. Temibles guerreros, Cotopaxi y Chimborazo se enfrentaron por el amor de la bella Tungurahua. Dicen que la guerra perduró durante años, pero fue el Chimborazo quien al final ganó el amor de Tungurahua. Así, el vencedor se proclamó rey de los Andes. Historias como esta llenan de encanto y misticismo el imaginario de quienes hemos crecido resguardados por los nevados. Nunca dejé de preguntarme qué pasó con ese nevado solitario, el Cotopaxi.

Los meses de junio, julio y agosto, temporada de turismo de montañas en Ecuador, nos traen días llenos de brillo, parece que la luz del sol floreciera más temprano y el aire cálido invadiera la ciudad. El clima se presta para explorar. A 84 kilómetros, desde mi ventana logro apreciar al Cotopaxi en todo su esplendor. Prometo una vez más que en este fin de semana estaré en aquel lugar. Por casualidades de la vida, encuentro que alguien más comparte el mismo anhelo y armamos viaje rumbo al volcán.

Es sábado. Son las 06h00. Desde Quito partimos rumbo al volcán. Para llegar al Cotopaxi se puede ir en vehículo particular o utilizar el transporte público interprovincial que parte desde la Terminal Terrestre Quitumbe, ubicada al sur de la capital. Nosotros iremos en un 4×4 que se abre camino en la carretera que abruptamente rompe con el verde del páramo. Aprovecho el tiempo de viaje y con ayuda del celular investigo ciertos datos de la zona que voy a visitar. El Parque Nacional Cotopaxi, ubicado en la cordillera oriental, fue el primer Parque Nacional creado en el Ecuador continental en 1975. Sus 33.000 hectáreas guardan una riqueza paisajística, animal y vegetal única. Algunos años atrás se estableció que el ascenso a su volcán debe ser realizado en compañía de un guía acreditado.

Quito, Aloag, Machachi y el Boliche van quedando atrás. El frío pesado del páramo nos recibe con fuerza haciéndonos sentir que estamos por llegar. La neblina ligeramente envuelve los pinos que cubren el parque, pero paulatinamente el sol empieza a ocupar su lugar. Por el lado sur, llegamos a la entrada principal del Parque Nacional Cotopaxi. Allí se reúnen los visitantes que buscan formar grupos numerosos con el fin de abaratar los costos de lo que implica contratar un guía profesional. La oferta incluye un recorrido por el centro de visitantes, la laguna, el ascenso al Cotopaxi por la carretera hasta el estacionamiento, el paseo a pie hasta el refugio, situado bajo el cráter, y el avance hasta la altura que los montañistas decidan avanzar.

Son las 08h00. Gratuitamente pudimos ingresar al parque, nos registramos y recibimos un instructivo con las normas del lugar. A nosotros nos escolta Luis, nuestro guía certificado, quien optimista dice que el buen clima acompañará nuestra travesía. Y es que en el páramo las condiciones climáticas cambian súbitamente. Entre las blandas nubes, el volcán repentinamente hace su imponente aparición dándonos la bienvenida. Su silueta cónica es hermosa y definida, resaltando por si sola entre el paisaje verde y café. Es imposible no capturar cuantos momentos sean posibles para tratar de llevarnos un recuerdo inolvidable.

Nos adentramos en la llanura del Limpiopungo desde la cual apreciamos un inmenso valle despejado. El Rumiñahui, guardián de la laguna del lugar capta nuestra atención. Quisiéramos detenernos, pero nuestro objetivo está más arriba. Queremos acelerar, mas nos indican que al interior del parque no se pueden sobrepasar los 30km por hora. No sé si es la impresión o acaso la falta de oxígeno pero siento que me falta el aire. Luis, nos indica que estamos cerca de los 4.000 metros de altura y debido a ello es posible sentir malestar.

Las faldas del volcán están próximas. A 4.500 msnm llegamos al parqueadero. Nos preparamos. Con mochilas en mano tomamos fuerzas para ascender hasta el refugio José Rivas que se encuentra a 4.864 msnm. La distancia no parece ser larga pero olvidábamos que en las alturas todo pesa más. El refugio es el lugar ideal para esconderse del frío. Un chocolate caliente o una sopita de pollo te darán el calor que el cuerpo necesita.

Son cerca de las 09h00. Comenzamos el ascenso a pie rumbo al nevado. La presión se siente y nos cuesta respirar. A pasos cortos continuamos la caminata y nos vemos acompañados por grupos de aventureros que, al igual que a nosotros, les cuesta contener la emoción.

A 5.100 msnm se encuentra el glaciar bajo. Quienes nunca hemos visitado el lugar rosamos con recelo el frío de la nieve. Rápidamente con el equipo e inundados de ilusión y confianza nos adentramos en medio de la fría sábana blanca. Para qué describir el cansancio, las dudas entre avanzar o regresar, si ahora que lo recuerdo me llena más la satisfacción del esfuerzo realizado. La Rampa Rompecorazones, a 5300 msnm, me abrazó entre sus glaciares y se quedó con el recuerdo de nuestra emoción. Restaban 597 metros para la cumbre, mas con satisfacción de lo realizado decidí no continuar con el ascenso. Aproveché el regalo del paisaje y me sumí en un momento de reflexión.

Es increíble el poder mágico que tiene la naturaleza. Parece que sus fuerzas se conjugan y te abrazan en un estado de armonía, desde donde te transmiten la energía que te roba la cotidianidad.

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