Manabí una provincia que enamora y encanta
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Manabí una provincia que enamora y encanta

01 Junio , 2018 / Por: Lili Flores

Mi relación con Manabí fue amor a primera vista. Aquel frío viernes bajé desde Quito y llegué a Pedernales en un recorrido de cuatro horas. Eran las 12h00 y me enamoré de este  balneario de aguas tibias y un sol radiante donde las personas se divertían sin límites.

El mar con sus serpenteantes olas me seducen a que me adentre en sus aguas, para luego deleitar a mi paladar con la comida preparada con productos de mar que ratificaron  mi apetito por la gastronomía manabita; segura estoy que fue la mejor decisión haber escogido esta provincia, que cuenta con 350 kilómetros de playa.

Pedernales está al norte de la provincia de Manabí y se destaca también por sus extensas playas con miles de palmeras que coquetean con el mar, que  parecen salidas de una postal.

Y ni qué hablar de su gente, el pueblo manabita está conformado por cholos y montuvios. Los cholos sustentan su economía en la pesca y sus industrias; los montuvios en la  actividad agropecuaria y en la agroindustria. Este pueblo está lleno de historia donde los años 500 a 3500 A .C. En esta tierra se desarrollaron varias fases de una cultura avanzada, siendo sus más altos exponentes las culturas de Valdivia, Chorrera, Jama-Coaque, Bahía y Manteña.

Esta es una tierra de tradición pesquera y esto no se limita a la recolección de la pesca, sino también a todo lo que tiene que ver con ella. De hecho en los diminutos poblados al pie del mar, es posible apreciar a los carpinteros trabajando en las embarcaciones que luego servirán para transportar el producto de las largas jornadas en busca de los apetecidos productos del mar.

En Jama, un cantón ancestral, se encuentra una formación rocosa, caprichosa, que esculpida por el mar forma un arco donde se aparean las especies marinas, por lo cual la filosofía popular lo bautizó “la cueva del amor”. Un sitio enigmático y lleno de energía donde las parejas llegan a jurarse amor eterno en un ambiente natural.

Otro de los lugares que visité fue Canoa, un balneario pequeño y muy colorido, colmado de visitantes donde el sol parece no querer irse. Las caprichosas olas que allí se forman son el lugar ideal para los surfistas que pasan horas y horas perfeccionando sus movimientos. En la noche, Canoa acoge a propios y extraños con varios lugares  de bebidas mágicas que hacen desaparecer el estrés.

A la mañana siguiente, rumbo a San Vicente, es necesario realizar una parada “técnica” para poder saborear el ceviche transoceánico, una receta única de este lugar donde se funden almejas, camarones, pulpos y más delicias del mar, que fusionados con limón y especias, atraen a  exigentes comensales de todo el país.

Luego pasé a la siempre bella Bahía de Caráquez, la ciudad sin copia, donde pasear por sus calles ordenadas otorga la sensación de una ciudad pequeña como si hubiera salido de esos pueblos mágicos citados en alguna novela latinoamericana. Sus pequeñas playas me permiten sumergirme en múltiples recuerdos de viejos navegantes que surcaron estas aguas.

Ya en el estuario del río Chone, pude recorrer y admirar desde una pequeña embarcación la isla Corazón llena de árboles de mangle, que forman a un corazón. Aquí se encuentran 52 especies de aves: pelícanos, cigüeñuelas, guacos, martín pescador, entre otros pájaros, según los expertos en este lugar se reúnen de 12 a 13 mil fragatas.

Más adelante se encuentra las playas de San Clemente y San Jacinto, casi en el centro de la provincia. Ambos balnearios forman un conjunto de playas tan extensas donde se pueden practicar todo tipo de deportes acuáticos. La tranquilidad de sus playas y la quietud del mar permite que personas de la tercera edad y los niños disfruten de sus aguas.

Luego de 25 minutos se llega a Crucita, uno de los balneario portovejense más visitados donde las noches son largas y amenas. De allí hay un salto hasta Jaramijó y Manta, el gran puerto pesquero en hoteles modernos y locales acogedores, lugar propicio para turistas exigentes.

Pero el recorrido aún no ha terminado. Falta la aventura y la adrenalina. Para eso están Puerto Cayo, Puerto López  y Ayampe. Este es un complejo natural de un mar azul intenso complementado por vegetación boscosa, islas e islotes que nos permite aflorar el espíritu aventurero.

En el sector se pueden avistar ballenas, enormes cetáceos   que luego de emprender su viaje desde las frías aguas de la Antártida viajando más de 8 000 kilómetros hasta las aguas cálidas del Pacífico, se aparean y tiene a sus ballenatos. Los turistas experimentan la emoción de fotografiar.

La aventura nunca termina. Manabí es, sin duda, un lugar natural y privilegiado de encantos que no se puede recorrer en poco tiempo. Me han hablado de tierras adentro en la zona rural, la historia es igualmente mágica y fabulosa.

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